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domingo, 28 de julio de 2013

Hospitales y cárceles






¿Qué tienen en común? En ambos sitios tu autonomía es referida a un tercero. Te cambian la ropa de civil en algunos casos, en otros lo que te sea más cómodo y si el caso es intensivo pues desnuda.


Pierdes tu humanidad, te conviertes en el televisor de la sala de espera. Es decir, todos te miran pero de manera pragmática. Sin interacciones humanas, sin intercambios orgánicos y emocionales.


Pierdes tu identidad ya no eres ese nombre que se te impuso al salir de tu madre. Ya después de acostumbrarte a la idea de que ese sería tu nombre. Ya luego un poco más tarde encajarías una conceptualización sobre la persona que guiarías desde el '87. La misma identidad que sería puesta en tela de juicio ya que tu identidad sería entonces remitida a un número en un récord.


Le preguntas al compañero de celda: "Y tú, ¿por qué estás aquí?" Esperando escuchar algo que te consuele sobre tu situación. Lo que es triste es que tu caso usualmente termina reflejando algo de perspectiva al caso de los demás...


Se estructuraliza todo. La hora de despertar, la hora de desayunar... La hora de cagar. Ya no perteneces a la corriente principal de ciudadanos afortunados de haber nacido en esta parte de la esfera global.

martes, 14 de diciembre de 2010

Yo No Se Misis San Juan

Los años noventa invadió al mundo con un movimiento llamado el “New Age”. Ciertas maneras de pensar que buscan la igualdad entre personas diferentes se diseminan por el país. La Asociación de Ser ha aprovechado este medio y junto con unas llamadas técnicas publicitaria ha lanzado una nueva manera de vernos con símbolos. Mucha gente dice que somos iguales con el innovador lema “Somos ='s”. Lo llevamos en el dedo, la muñeca o en el corazón. La comunidad geriátrica de Puerto Rico está siendo discriminada, pero en la calle este discrimen es mucho más evidente que en cualquier otro lugar. Son lentos, ya sea guiando o caminando o tal vez ese es su paso normal, pero con calma se llega a Roma, al cielo, Monte Olimpo y hasta para el centro comercial.

Un domingo, andaba estacionada en los estacionamientos de impedidos. Veo acercarse una señora vestida de punta en blanco. Sus manos, su cuello y sus orejas estaban atestadas de perlas. Cartera de diseñador, zapatos de diseñador, en fin hasta sus suspiros eran de diseñador. El pelo estupendamente acomodadito, ni un pelo fuera de sitio, el aerosol y la secadora se encargaron de hacer su trabajo. Era rubia, pero algunas hebras en sus raíces provocaban dudas sobre su color natural. Elegante, por lo menos en porte, caminar y vestir. El color de su cuello era hasta más oscuro por el maquillaje pero si así era feliz pues que no cambie por nada ni nadie. Tendría entre unos 60 a 65 años mal tasados y la encontré muy guapa.

Lanzó un comentario al aire pero lo suficientemente alto como para que la escucháramos. En cuanto abrió la boca su elegancia desapareció. -"Que cojones tiene la gente, hace uso de los parking de impedido". Que por cierto a mi no me impide nada. Rápidamente luego de una ojeada quedé mal tasada como una jovencita de 17 y me encontró muy desconsiderada. Me pregunta: "-¿Usted es impedida?” Claro mija, mira el carnet está bien grande, la silla está ahí. ¿Necesita alguna otra prueba? Poco me faltó para ladrarle esos pensamientos, pero inhalo paz y le digo: "Si señora yo soy impedida".



Luego se pone a hablar y dice: -"Pero que cojones estos hijos de la gran puta, son unos cabrones... palabra fea, maldición, palabra soez, bip etc., su repertorio de palabras soeces me dejó sorprendida. Su modo de hablar era peor que el de (inserte aquí cliché de personaje malhablado de la cultura puertorriqueña) y bien podría ser mi abuelita. Pero no sé de su situación, quizás es peor que la mía, a lo mejor la suya es mental no sé, tal vez son los medicamentos que la tienen un poquito desorientada, el punto es que no sé qué le pasa

Le pregunto: -“Pero, ¿usted es de aquí de Caguas?" Me contesta: -"Nada que ver, yo soy de San Juan”. Como si allá no pasaran estas cosas Miss San Juan. Ella hablaba y hablaba y por mi mente sólo pasaba: Los problemas no se van hablando. Es muy fácil que las cosas estén mal y de acuerdo con la ley de Murphy es muy probable que así sean. Pero y ¿qué vamos a hacer Miss Sanjuan? ¿Desquitarse con los jóvenes que tienen algún tipo de impedimento? Bueno no sé usted pero yo estoy así pues porque vi un tipo bien lindo y de la impresión me quedé parapléjica! Yo lo escogí. Quiero vivir así, Me encanta cuando la gente llega a conclusiones sin bases de que porque soy joven me busqué un accidente, que de seguro iba borracha, empepá y en motora cosas que evidentemente no son ciertas. Usted Miss San Juan, ¿escogió lo que le pasó?

En Roma los ancianos eran respetados y eran vistos como fuentes de sabiduría, conocimiento y madurez. Miss San Juan me enseña a gritar y maldecir cuando las cosas no son de mi agrado. Divagando en mis pensamientos andaba cuando de repente como si adivinara mi sentir me comenta: "Yo de esto yo sé, si yo estudié.” Yo sé de lo que estoy hablando" Pero Miss San Juan, para las injusticias no hay que estudiar, si hay muchos nenitos nenitas que no estudian por que no tienen el dinero o sus padres están muy ensimismados en sus propios placeres como para ocuparse de las necesidades de su prole y así mismo están viendo la injusticia.

Pero solo se habla, como usted, pero ¿usted hizo algo para cambiarlo? No sé. La gente cree que viene un revolucionario y lo que quiere es agitar las cosas y no hacer nada, Miss San Juan "...es cambiar lo establecido, dar al mundo una esperanza, algún sentido, es sanar al enfermo al herido" bonitas palabra que se las lleva el viento, cuando no son fijadas en cimientos fuertes. Puede ser que usted está enferma, yo estoy herida pero no por eso me quedé hablando sobre el discrimen.

Nuevamente las palabras se las lleva el viento, di lo que haces y has lo que dices, si sólo quieres hablar pues vive y deja vivir. Se lo quería decir más sin embargo su problema tal vez sea mayor que el mío. Yo no sé por eso no le dije nada Pero hay que expresarse.

Y es que Miss San Juan no tiene problemas con la libre expresión. Ella quiere que todos pongan atención a lo que pasa allí. Que hay una jovencita en el codiciado estacionamiento azul, pero que no pasa nada pues la niña tiene carnet. Miss San Juan, usted puede caminar, usted no tiene un andador, silla d ruedas, brackets o algún otro aditamento para poder andar por el mundo. Como he visto yo a personas de su edad, de menos y mayor, y no andan quejándose. Miss San Juan se pregunta: -“¿Qué nos pasa Puerto Rico? Y la jovencita mal tasada responde que la verdadera pregunta que corresponde a nuestra situación no es que nos pasa sino: -“¿Qué hacemos Puerto Rico, por qué estamos así? ¿Qué debemos hacer para que deje de ser así?

domingo, 12 de diciembre de 2010

Rabia Literaria








¿Quieres atención desmedida?
Pégate un tiro en la espina.
Móntate y ándate en silla.

Veras como se te quedan viendo,
los morbosos que frenan en el expreso,
para deleitarse con los muertos.
Aquí los niños y los viejos,
son expertos haciendo esto.

Ahí no se queda la cosa,
con la espina rota.
Saltar por la borda
y quedar como loca.

Terminemos este martirio,
prefiero morir de delirio.
Aquí incide el peligro,
acostumbrar lo sufrido.

Decirte que eres especial,
es otra manera
para decirte anormal.

Ansio el movimiento voluntario,
deseo liberar lo controlado.
Aborrezco mi dependencia,
quiero acabar esta mierda.

jueves, 14 de octubre de 2010

130 millas

Abrí mis ojos y las imágenes se agolpaban en mi mente, casi con la misma velocidad que una vez casi acaba con mi vida. Todo parecía tan confuso. El paroxismo gobernaba el lugar. Me veía vomitando, luchando con centenares de artefactos y tubos conectados a mi cuerpo. Pero una vez pude despejar mi mente de todos los recuerdos que venían a la vez sin orden aparente, pude ver con cierta claridad lo que sucedía a mi alrededor. Todo estaba oscuro, el primer pensamiento que viene a mi mente es: -“Mierda, otra vez en el hospital. Pensé que ya para este momento iba a estar bien… hubo un tiempo en que sí conocía lo que ocurría pero, ¿qué sucedió? Lo olvidé. ¿Por qué estoy aquí? Lo recuerdo poco y posiblemente mal. Estuve enferma por largos periodos de tiempo y al parecer esto envolvía muchos vómitos. Pero exactamente, ¿qué me había sucedido?”

Miro mi cuerpo y el enjambre tubular seguía conectado a mí. A mi derecha esta lo que parece ser un homenaje a mi persona. Fotos mías, de mis hermanas y mensajes de aliento. Aunque estoy casi segura que será un momento patético y cursi, esto me provoca una lágrima y casi me ahogo dentro de lo que consideré ser un momento patético y cursi, pero al fin y al cabio auténtico y real. Ahogo un sollozo, cuando comparo mi vida junto a mi familia, mis hermanas y a lo que había quedado reducida en estos momentos. Un ser sin aparente habilidad para la autosuficiencia.
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Frente a mi veo la figura humana de alguien que me parece ser un poco familiar tanto sus atuendos como su manera de mirarme. Pienso en aquel ser que evoca los recuerdos de quien frente a mi tímidamente se sostiene, pero tiene espejuelos. Se que es él por su vestimenta, sabía que le gustaba vestirse de blanco pero todo su ajuar era de ese color, hasta la gorra. Una moda que andaba prejuiciada y no por ausencia de precedentes y actos. Pero este ser para nada tenia que ver con la violencia usualmente asociada para aquellos que prefieren la ropa angosta, las tenis y la indispensable gorra. Dependiendo de tu época y segmentación geográfica le podrías llamas caco ridículo o rapero maleante. Pero este ser nada tiene de ridículo en sus aires, mucho menos maldad. Su semblante refleja angustia, tristeza y una eterna preocupación. Cuando intento comunicarme mi voz ha sido raptada y nada sale. Esta en lo que parece ser una sala de espera, sentado, preocupado, observando. Se acerca y una monja aparece detrás de mi camilla y con un ademán le indica que no puede, y con severidad aun más apremiante le dio a entender que no debía estar ahí. En algún otro sitio le esperaban y era tiempo de marcharse para él. El le indica que solo quiere ver mis fotos que luego se marchara. Todo esto sucede mientras que yo sigo sin voz, aun sin entender que sucede.

Sentados frente al balcón de su casa, peleaba con mi vergüenza y la angustia. Me sentía tan estúpida, tan usada… tan pendeja. Mientras adentro ese infeliz se mofaba de mi ingenuidad, acá, él solo me consolaba. Sus palabras, tal vez algún cliché para consolar a niñas que por falta de cinismo y exceso de ingenuidad cayeron en las trampas de la mentira, surtieron sin embargo algo de efecto. Me dijo que era tan linda que no debía dejar que ni él, ni nadie me derrotaran. Me dijo que nadie tenía derecho a hacerme sentir como él lo había hecho. Con eso en mente me preguntó si estaba lista para janguiar. Por supuesto que sí. Debía además poner en práctica su consejo. Así que decidimos ir a ese club conocido por atiborrarse de estudiantes que preferían algo más que escuchar bandas en vivo y el karaoke. Era aquí donde los bailarines se lucían y exponían sus mejores movidas. Era aquí donde las niñas con un cinismo recién fundado y una aparente malicia que sembraba algo de confianza en sus cuerpos despechados, retaban al mundo fálico. Estaba en la barra ordenando una Medalla cuando vi por quien me habían cambiado. Me irrité tanto, que mi consuelo en el acto lo notó y momentos después siento que me hala hacia la pista, antes de que cometiera una locura de la cual me arrepentiría en la mañana. Me comenta con su sonrisa a flor de piel: -“A ti como que te gusta frontiar.” El coraje que sentía era mayor pues la conocía y sabía que ella ni ganas tenía de conocerle. Tonta fui por creer en sus palabras vacías. Pero irónicamente su compañero de cuarto estaba allí para ayudarme a no cometer una estupidez. Me convenció de ir a otro pub donde el imbécil aquel no estuviera presente y por unos momentos disfrutar de la noche.

Mami viene al cuarto con su eterna carita de pena colgada en el rostro. Le comento que quiero fumarme un cigarrillito. Ella y yo fumábamos antes de que me ataran a una cama. Ella con su inmensa ternura me comenta que no debemos fumar y mucho menos en el hospital. Le comento que detrás de mi hay una puerta y que fácilmente nos podíamos dar una escapadita para llenar una vez más nuestros pulmones de deliciosa nicotina. Para darme apoyo moral me repite suavemente que no debemos que ella había dejado de fumar desde que me había acomodado en los aposentos del no tan hospitalario hospital. Le lanzo una risa sarcástica pues, ¿cuánto podría llevar allí? Cuatro, cinco días ¿tal vez? Mi cara cambia de incredulidad al asombro al descubrir que son ya cuatro semanas las que llevo postrada. Los recuerdos siguen llegando como saliendo de una maraña indefinible. No recuerdo el pueblo pero ya no estamos en Mayagüez. Luego de llevar al infeliz con sus amigas a otro lugar nosotros partimos. Nos bajamos en un negocio y frente a mí hay una mesa de billar. No se, tal vez pueda ser su compañía, o vulnerabilidad, desconozco si es su apoyo o su semblante pero algo en mi consuelo me atrae. La música es buena y retumba en las bocinas y por mis venas. Las máquinas de humo lanzan con todo su apogeo humo y llenan el lugar de nubes blancas que nos remontan a aquellas fiestas de marquesinas. Aprovechábamos su refugio y la falta de luz para pegar aquellas partes que no debían estar unidas al ritmo del reggaetón. Cuando logro salir de mis recuerdos me percato que él ya había comenzado a entablar una amena conversación con el dueño del lugar. No se que palabras intercambiaron pero el dueño termina regalándole una cajetilla de Newport y nuestro chico ni siquiera fuma, pero yo si y aun cuando no es mi marca predilecta nicotina es nicotina y más aun cuando viene gratis. La coloco en mi cartera junto con otras pertenencias que son un tanto comprometedoras. Le reto una partida de billar y la verdad es que así como el pueblo donde me encuentro, el ganador tampoco lo recuerdo. Diviso otra de mis debilidades y me aventuro a cantar en la máquina de karaoke el clásico de Alejandra Guzmán: “Hacer el amor con otro”.

Es todo una confusión. ¿Estuve en un accidente? ¿Estuvimos? ¿Quién andaba conmigo? ¿Cuántos más estarán como yo? ¿Cuántos estarán mejor? ¿Habrá alguien peor? Entre tantas preguntas siento que me ahogo.

En realidad es un tapón de moco que oprime mis respiraciones y de la nada sale un enfermero a introducir lo que parece ser un catéter de succión dentro de mi cuello. Era peor sentir esa manguera succionándome el alma y aquello que probablemente tampoco lo es pero reside allí, que el tapón de moco que me impedía respirar. Por más que manoteara el enfermero seguía órdenes de succionar mis cavidades para poder respirar mejor. Intentaba gritarle que prefería ahogarme pero me contestaba que si reconocía que el procedimiento era barbárico que era horrible pero tenía que hacerlo. Luego al rato podía respirar mejor. Nunca pensé que luego me encontraría pidiéndoles el dichoso procedimiento a los enfermeros o técnicos. Me enseñaron a escupir hacia una manguera que succionaba las secreciones que se acumulaban en mi boca. Despertaba demasiado temprano y el anochecer llegaba antes que mi sueño. Despertaba preguntando por Mami y las enfermeras me respondían: -“Ella ya esta ahí, hay que esperar la hora de visita.” Las horas pasaban lentamente, el cuenta gotas que estaba conectado a mis venas parecía ir más rápido que el tiempo. Veía dramas de enfermeras, dramas de enfermero, pacientes revolcándose en la cama con el dolor. Unas enfermeras eran un asco y me decía que jodía mucho. Otras se sentaban tiernamente a escribir a mis pies mientras les lanzaba hielitos que eran infiltrados secretamente por ella pues se supone que no los debía tener en mi poder. Un drama se desencadenaba en las mañanas cuando le mendigaba agua al conserje que me intentaba alegrar la vida diciéndome cosas de su vida, o tal vez era el quien intentaba alegrarse su vida al mirar el asco de la vida de otro.

A alguien no le gusto mi canción de Alejandra Guzmán pero la verdad es que la paso tan bien que ni me importa. Mi cabello ondulado brilla ante las luces que deslumbran, creando destellos verdes en mí marco facial. La mezcla del dorado de mis rizos con el azul de los laser logra crear esta mezcla. La falda blanca asoma unas piernas de manera seductora. Mi camisa azul ajustaba las miradas de todos justo al nivel de una minúscula cintura. Dichosas las pupilas que lograban mantener una conexión visual en mis ojos por más de unos segundos. Pues el maquillaje junto a la belleza generada por generaciones de generaciones que producen una mujer más bella que la anterior habría creado solo lo mejor de lo mejor. En aquellos derroches de juventud y belleza que complementados junto al alcohol me hacen creer bajo las influencias de este juicio una inmortalidad imaginada.
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Eso era lo que era. Pero ahora que lo pienso la verdad es que ya no se si queda algo de aquella en mí. Había quedado reducida. El término que vernáculamente era atribuible al proceso al cual me vi sometida es el de reducción mínima del ser humano. Una pila de mierda que representaba trabajo para las enfermeras. Estos pensamientos y comparaciones eran las responsables de ahogarme en mi propia pena.

Es momento de irnos. Tomo mi cartera y mi celular y nos dirigimos hacia el carro. Todo ser intoxicado de feromonas, hormonas, alcohol o todas las anteriores, lamentó la partida de la coqueta fémina. Sus caderas, al vaivén de un reloj imaginario se movían con el vaivén que solo las latinas conocemos. Un ritmo secreto que pocas conocen su verdadero poder. Una vez acomodados, pregunto cortésmente lo que ya conozco de antemano pero solo por aquello de ser cortés. ¿Puedo fumar en tu carro? Me contesta que si puedo, una vez acabado el cigarrillo, preparo mi pipa para fumar tener sueñito y dormir hasta mañana. Ando adormilada mis ojos quedan cerrados por breves minutos.

Así que fue un accidente. Lo recordé a la semana de haber despertado en el hospital. Había cosas aun confusas pero las ideas que por lo general concordaban eran las de choque y hospital. Recuerdo música para relajarme y hasta moví mis hombros espontáneamente ante el sonido de lo que parecía ser una bachata de Arjona. Causando una respuesta inesperada por parte del personal docente de las enfermeras. Para la sorpresa de algunas y entretenimiento de todas las enfermeras, la moribunda aun tenía fuerzas para moverse y no a causa del dolor. Esto dentro de la pesada atmósfera que siempre se respiraba en el lugar, logra aligerar la carga. En algún momento vi mi cuerpo bailar en un baño con una enfermera pero no logro identificar si es algo real o solo un sueño muy basado en la realidad. Detalles junto a los datos de la familia y lo que ocasionalmente escuchaba de los doctores, las enfermeras me contaban pude deducir que había sido un accidente. Mi familia tenía muchas conexiones y pasaban a menudo personas conocidas dentro del personal del hospital.

Me levanta una voz que me levanta y me pregunta: ¿Corremos? Sin pensarlo le contesté: -“Pues dale.” El velocímetro se acercaba al numero noventa. Millas después la aguja coqueteaba con el número cien y yo me percaté que andaba sin cinturón. Vamos volando y en una luz del carajo sale un carro virando en U pero la luz es de nosotros. Fernando da un brinco e instintivamente le da vueltas al guía hacia la derecha, dirección contraria de donde venía el carro que ahora podemos ver que es una Vitara blanca la que se abalanza hacia nosotros. Oscuridad.

Un amigo de la famila esta sentado a mi lado, y la expression de tristeza me comienzan ya a incomodar un poco. Si estoy viva, ¿por qué andan con esas caras de pena? Con un hilo de voz me dice que no puedo caminar. ¿Cómo es posible? Hace apenas unas horas atras bailaba bachata en el baño con una enfermera? Me mira como a quien se le mira cuando se pierde la razón y me repite que no puedo caminar. ¿Cómo es posible? Si cuando las enfermeras me sacan la sangre de los pies ellos brincan. Su semblante es el mismo mientras busca en su teléfono fotos de como habia quedado. Mi ojo violeta la cara desfigurada por el exceso de liquido propiciado por un fallo renal. Mis lágrimas fluyen junto a las de él.

Abro mis ojos porque una señora me levanta. Rubia, pelo lacio de la edad de mi madre y pregunta angustiada si me encuentro bien. Cuando logro por fin descifrar lo que acaba de ocurrir, reacciono, lógicamente creo yo y le pido que tome mi celular y llame a mi madre. Más lógico hubiese sido que llamara un paramédico pero en el acto no se me ocurrió. Miro a mi alrededor, huele a goma quemada y asfalto. El olor clásico de un choque. Las bolsas de aire desparramadas frente a mí. Mi brazo tiene un angulo raro, nunca le habia visto tomar esa dirección era básicamente una S. No podía salir de mi asombro, estaba obviamente partido. En lo que no se si fue lucidez o la carencia de la misma pero me la situación me divertía en cierto sentido. Viviendo la experiencia de un brazo partido, esa nunca la había vivido. Mi barriga ensangrentada estaba literalmente con las tripas por fuera. Llamo a Fernando y nadie me responde, llega el paramédico me pregunta si puedo salir del carro. Que pregunta tan tonta, más sin embargo no se me había ocurrido salir. Cuando trato de levantarme, mis piernas no responden. Le digo que no puedo salir. Me comenta que sacarían primero a mi amigo que estaba más “mailto” que yo y luego a mí. Cuando comienzan a sacarlo, mi consuelo comienza a gritar: -“Sácame de aquí, cabrón, sácame.” Miro fuera del carro y hay una aglomeración de estudiantes que conocía. Todos con la misma expresión facial que más tarde se convertiría en aparente modalidad. Con ayuda de una camilla inmobilizadora amarilla me llevan a la ambulancia. Confieso sentí miedo de caerme por el lado pero llegué a salvo a la ambulancia. Una vez dentro me aventuro a preguntarle a la paramédico si iba a morir. Con una expresión de desconcierto me contesta que no sabía. Comienzan a desnundarme, a cortarme los accesorios. Oigo las piedras de mis pulseras en el piso y jocosamente les digo que les enviaria la factura por las pulseras. Me devolvieron la broma comentando que ellos a su vez mandarían la factura por salvarme la vida. Me pareció un muy buen punto.

Una manada de doctores estan sobre mí. Me explican que tengo un tubo alojado en mi pecho, entre mis costillas y es hora de sacarlo. Debo levanter mi brazo derecho y hacen una incisión para descubrir el tubo alojado. Con una indicación de tomar la mayor bocanada de aire posible, lo halan, llevándose consigo mi habilidad para respirar. Sentí como mi caja toráxica se desplomaba sobre mí. Luego de momentos de tensión recupero el ritmo para respirar.

Llegamos a Centro Médico de Mayaguez. Me apresuro a preguntarle al doctor que me mira despectivamente sobre el paradero de mi amigo. Con un ademán de esos que le acompañan a ciertos doctores con delirios de deidad me respondió: -“Se murió, ¿quién los manda?” Luego cerró de un manotazo la cortina mientras yo me deshacía en insultos e improperios. Luis llegó y mi corazón se desplomó pues venía a pie y con mucho sacrificio. Cometió el error de preguntar por mi amigo a los padres que habían llegado ya. Antes de poder advertirle, su padre se me adelantó y con el nudo en la garganta dijo: -"Murió"